Diego Navarro: “Nosotros, con nuestras decisiones diarias en el consumo, estamos construyendo el modelo de nuestra sociedad”

Diego Navarro: “Nosotros, con nuestras decisiones diarias en el consumo, estamos construyendo el modelo de nuestra sociedad”

Diego Navarro, secretario técnico de Misevi España, es Técnico Superior en Animación Sociocultural y Graduado en Trabajo Social. También ha realizado un Máster en Cooperación para el Desarrollo y otro Máster en Mediación y Resolución de Conflictos. Ahora está estudiando el Grado de Psicología.

Voluntario en diversas causas y asociaciones, además es un convencido activista político por la Justicia Social. Hablamos con él para que nos cuente más cosas sobre el consumo responsable y solidario con motivo de la celebración en este mes de noviembre del BND (por sus siglas en ingles: Día de No Comprar Nada).

  •  Diego, desde tu experiencia, ¿qué es el consumo responsable y solidario?

Yo creo que son términos diferentes que, aunque están relacionados, y al final se unen, hay que definirlos por separado para entender la esencia de lo que queremos trasmitir con cada uno, y así poder llegar a integrarlos en nuestro día a día. En una visión más tradicional tenemos que partir de que el consumismo al que ha dado lugar la cultura del capital está en la base del hambre de miles de millones de personas y de la actual escasez de alimentos de la humanidad. Actualmente, ya no sólo hablamos de escasez de alimentos, sino también de la escasez de otros muchos bienes que son esenciales para una vida digna y plena.

El consumo responsable implica consumir menos eligiendo sólo lo necesario y sin dejarse llevar por el impacto publicitario y la generación de necesidades que este provoca. Más allá de escoger los productos y servicios en base a su calidad y precio, debemos de poner el foco en los criterios ambientales, sociales y éticos de las empresas que los elaboran.

El consumo solidario hace referencia a los productos de Comercio Justo. Este tipo de productos están basados en el respeto a los derechos laborales; el pago de salarios justos; no hay prácticas explotación infantil; no existen trabajos forzosos; se respetan las normas ambientales en la producción, sin contaminar ni usar pesticidas; la igualdad de género; la responsabilidad; y la transparencia en el comercio, sin intermediarios.

  • ¿Por qué crees que esta opción ayuda a cambiar la realidad de injusticia?

No es ningún secreto que vivimos en un mundo desigual sustentado sobre la injusticia. Conocemos y entendemos el mundo a través de dos polos opuestos, y según en que polo estemos clasificados tenemos acceso a distintas oportunidades que son las que al final marcan nuestra vida y nuestra existencia. Tenemos, por ejemplo: ricos y pobres, gitanos y payos, hombres y mujeres, altos y bajos, gordos y delgados, autóctonos e inmigrantes, productores y consumidores, etc.

Yo creo que un consumo responsable y solidario nos adentra irremediablemente en la economía del bien común, un movimiento que pretende, entre otras cosas, crear un sistema económico alternativo, construido en base a los valores humanos universales que fomentan el Bien Común, sitúan su foco de acción en la cooperación y no en la competencia, en el bien común y no en el afán de lucro y quiere convertirse en palanca de cambio a nivel económico, político y social, ser un puente entre lo viejo y lo nuevo. No se trata de entender este sistema como el final, sino cómo el principio del camino hacia el cambio social, nuestro final debe de estar en la utopía que defenderos como cristianos: el Reino de Dios, la Buena Noticia de Jesús, y una sociedad cimentada sobre las Bienaventuranzas.

  • ¿Consideras que estas opciones pueden incidir en el sistema de consumo?

Rotundamente sí. El mayor poder que tenemos las personas dentro de un sistema neocapitalista globalizado como en el que vivimos es el consumo. Con lo que consumimos estamos marcando nuestro modelo de sociedad. No es lo mismo comprar en la tienda de la esquina productos que han sido producidos en los alrededores, que ir a comprar a un gran almacén dentro de un centro comercial. Tampoco es lo mismo comprar ropa en una tienda de cierto multimillonario gallego, a sabiendas, de que su fortuna está ganada a base de vender prendas que se han producido bajo condiciones de esclavitud y explotación infantil en países de Asia; que comprar ropa en la red de tiendas de Oxfam Intermon o en una de las tiendas de ropa reciclada de Cáritas. Todos los días tomamos decisiones políticas, muchas veces automatizadas y guiadas por el relato que nos han enseñado en la escuela, en la tele o en nuestro grupo de pertenencia.

La clave está en que si dejamos de consumir ciertos productos, obligamos a quién los produce a cambiar su forma de producir y de vender si quiere seguir manteniendo abierta su persiana. Al final nosotros somos los que con nuestras decisiones diarias en el consumo estamos construyendo el modelo de nuestra sociedad y, por ello, nosotros tenemos la capacidad de cambiarlo. Seamos conscientes de ese poder y usémoslo.

  • Este viernes 23 de noviembre celebramos el BND Buy Nothing Day, el Día de No Comprar Nada. ¿Qué significado tiene una fecha como ésta?

El BND nace en Estados Unidos, ya que allí en la época de Acción de Gracias se celebra el Black Friday (seguro que os suena porque Apple lo importó a nuestro país, y a día de hoy le han seguido casi todos los demás comercios). Como contestación a este día nace el Buy Nothing Day con el objetivo principal de llamar la atención sobre el impacto medioambiental de ese modo de vida y sobre el hecho de que la felicidad no se construye a partir de comprar cosas, sino de las experiencias y las relaciones con otras personas. En definitiva, el Buy Nothing Day pretende llamar la atención sobre los impactos sociales y medioambientales que está produciendo nuestro de modelo de consumo.

Comparto las ideas de los organizadores de la iniciativa que sostienen: por un lado afirman que “el bienestar no cabe en ninguna bolsa de un centro comercial”; y proponen llevar una vida “más sencilla en lo material pero con relaciones humanas más complejas y ricas”. Creo que ese es el camino para poder poner en practica un consumo más solidario y responsable. Thomas Gilovich, psicólogo estadounidense que ha llevado a cabo investigaciones en psicología social, toma de decisiones, economía conductual y ha investigado ampliamente sobre la felicidad, concluyó que el placer que proporciona la suma de experiencias vitales produce un placer y un bienestar mucho más duradero que comprar cosas materiales.

Contextualizado en nuestro país, protestamos además de por los efectos sociales de nuestra reciente incursión en la dinámica del Black Friday, por todo lo que consumismos, y todo lo que malgastamos, en la época navideña.

  • Como misionero y como cooperante, ¿cuál es tu posición, tu opción personal frente al consumo?

No nos engañemos, al final, como vosotros, yo también vivo en este lado del mundo, en el que es imposible ser coherente, ya que en la vida nos afectan muchas otras circunstancias, además de las convicciones personales: el precio, el tiempo, la presión de grupo… por lo que también caigo en incoherencias y compro muchas cosas, a sabiendas, de que estoy contribuyendo para construir esa sociedad que quiero cambiar.

Lejos de darme por vencido o de estar todo el día fustigándome, intento que esas debilidades se conviertan en oportunidades, así pues en mí día a día intento hacer naturales aquellas actitudes positivas que van alineadas con mi opción por el consumo responsable y solidario: voy andando o en transporte público siempre que puedo; intento comprar en las tiendas de mi barrio; intento comprar lo menos posible productos de multinacionales; compro productos de comercio con justicia; huyo de aquellas empresas que sé que no respetan los derechos de sus trabajadores; compro productos de producción de cercanía y de temporada; hago uso de los servicios públicos de mi entorno; colaboro con el movimiento vecinal y con entidades que lucha por el desarrollo de todos los lugares del mundo; etc.

Como veis, todos tenemos en nuestra mano cambiar pequeñas cosas de nuestro modo de consumir.

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