En esta ocasión, Estíbaliz Ortega nos presenta la cronología de su participación en la Misión de Honduras con la Congregación de la Misión. Podremos ver un poco de la actividad a través de sus ojos, pero sobre todo podremos sentir parte de la experiencia a través de sus reflexiones.
Hace ya más de una semana que regresé de Honduras, de haber estado con los misioneros Paúles en la Misión de San Pedro Sula, iniciada con motivo del 400 aniversario de la fundación de la Congregación de la Misión. Ha sido una experiencia muy intensa y renovadora espiritualmente.
Llegué el 29 de junio a San Pedro Sula; nos reunimos en la Parroquia San Vicente de Paul con los misioneros Paúles, seminaristas, sacerdotes y laicos procedentes de Costa Rica, Honduras, México y España. Nos dividimos en equipos y nos fuimos a las aldeas de la Sierra del Merendón en equipos de 2 o 3 personas.
Aquí pasamos dos semanas muy intensas de visitas a familias, visitas a enfermos, predicación de las cinco virtudes misioneras, reactivación de Comunidades base, administración de sacramentos: bautismos, eucaristía y unción de enfermos; actividades con los niños de las aldeas, catequesis bautismal, talleres en la escuela, etc.
Nosotros concretamente estuvimos en 4 comunidades: Berlín I, Berlín II, Pita Arriba y Pita Abajo. En ellas, compartimos la Palabra, oramos juntos, cantamos, reímos, rezamos el Santo Rosario, etc. Físicamente era bastante duro, porque teníamos que caminar a veces más de una hora para ir a visitar hogares por caminos muy difíciles, bajo el sol abrasador de aquellas tierras. Pero a pesar del sacrificio físico, nuestro corazón estaba ardiendo y nos íbamos renovando espiritualmente con cada encuentro.
La acogida y el cariño de las personas fue impresionante, y personalmente me emocionó mucho la fe que tienen, a pesar de que algunas viven en situaciones muy complicadas. Me di cuenta de cómo el Señor, cuando nos damos, nos utiliza para ser su instrumento; y de la misma manera, cómo se servía de los vecinos de las aldeas para evangelizarnos a nosotros a través de sus testimonios de vida, y su fe sencilla pero tan grande. Allí donde se producía “el encuentro” entre las personas, ahí estaba Dios, y todos lo sentimos.
Las siguientes dos semanas estuvimos en la Parroquia San Vicente de Paúl de San Pedro Sula, conociendo las obras sociales que tienen los Padres Paúles.
Conocimos Amigos para Siempre: una “canchita” donde los niños de barrios marginales tienen la oportunidad de recibir cariño, jugar como niños, y motivarse para seguir un buen camino y luchar por sus sueños.
También conocimos la Residencia de mayores “Margarita Naseau”, donde compartimos oración, música, ejercicios y baile, con los mayores que con tanto cariño nos recibieron.
Y por último, conocimos Puerta Abierta: una preciosa obra que acompaña a las personas con VIH en sus procesos, y ofrece un hogar y familia para estas personas, tan excluidas en la sociedad de Honduras.
La última semana compartimos con otro grupo de misioneros españoles que venía para continuar la misión en la Moskitia. Pudimos disfrutar de su preparación y de visitar los bonitos lugares que nos ofrece este rincón al noroeste de Honduras.
Y finalmente, el 4 de agosto un grupo de españoles laicos nos despedimos de estas tierras para volver a nuestra realidad en España.
Conociendo estas obras vi la necesidad tan grande que hay y cuántas cosas buenas se pueden hacer con sólo poner un poquito de nuestra parte. Me hizo reflexionar sobre cómo a veces vivimos en nuestro ensimismamiento, dándole vueltas a problemas tan pequeños que no nos llevan a ningún lado, y creo que vivir esta experiencia ayuda a relativizar la gravedad de los problemas.
También me doy cuenta de lo importante que es vivir la fe en comunidad, compartir, expresarnos y ayudarnos mutuamente, poniendo a Dios siempre en el centro y de la mano de la Virgen María, nuestra madre. Creo que en la comodidad de nuestras sociedades del “primer mundo” poco a poco caemos más en el egoísmo del individualismo que sólo nos aleja de Dios, porque lo creemos prescindible.
Creo que lo verdaderamente valioso es el encuentro con el otro, una mirada, un bonito gesto, escuchar atentamente, dar lo que se tiene, compartir… ¡darnos completamente! Ahí es donde verdaderamente encontramos la felicidad, cuando nos damos con fe. Y no en acumular riquezas materiales para disfrutarlas en soledad cuando seamos mayores.
Como he dicho, ésta ha sido una experiencia corta pero intensa, que ha dejado una huella en mi corazón que sin duda marcará mi camino de alguna manera a partir de ahora. Invito a todos aquellos que están pensando en tener una experiencia misionera a salir de la comodidad, conocer otras realidades, dar lo que tenemos, darnos por completo, buscar el encuentro con el otro y compartir sintiéndonos familia. Creo que esto nos puede llevar a cambiar nuestra escala de valores, apreciar y agradecer a Dios por nuestra vida, y comenzar a caminar un camino con más sentido; dar plenitud a nuestra vida, y sentirnos verdadera Iglesia.
Estíbaliz Ortega Ciruela


Comentarios recientes