TODOS O NINGUNO…

“La experiencia vivida durante este tiempo, me ha hecho redescubrir de nuevo mi vocación como misionera que solo se sabe en camino…”

El 13 de Marzo, sobre las 13 horas, comenzaron a llegar los primeros WhatsApp; el Presidente iba a declarar el Estado de Alarma. Como cada viernes, estábamos reunidas el equipo al completo del Programa Oblatas Murcia, del que tengo la suerte de coordinar. Comenzamos a buscar por internet que significaba Estado de Alarma… y fue a partir de entonces, cuando las palabras; confinamiento, cuarentena, aislamiento, miedo, incertidumbre… formaron parte de nuestro día a día.

Un minúsculo virus llamado COVID-19 destapó de un solo golpe nuestra enorme vulnerabilidad. Nuestro acelerado ritmo se paró en seco. Las agendas se quedaron vacías, nuestros proyectos, rutinas, seguridades y prioridades cayeron al vacío…

El COVID-19, dejaba al descubierto el letargo en el que vivíamos, reconociendo fortalezas y debilidades que jamás imaginamos y nos mostró bruscamente que la Muerte y el Tiempo, son realidades y límites que están y que nosotros no podemos cambiar. Nuestra sensibilidad se vio afectada.

Durante el confinamiento sola en casa durante más de 30 días, hizo paso por mi corazón una Pascua conmovedora. Salí a la calle en muy pocas ocasiones, de un modo casi obligatorio porque sentía tanto miedo… tanto temor a ser contagiada, que fue inevitable sentirme identificada con el miedo y el temor de los primeros discípulos a ser descubiertos y sentenciados a muerte.

Dios también me dejó ver su sufrimiento y vulnerabilidad ante tanto dolor y tanta enfermedad y muerte. Me deje sentir junto a Él, en un abrazo enorme que envolvía toda la humanidad. Rezando y cuidando desde la soledad de mi casa. En medio de tanta inseguridad, seguíamos acompañando a cada una de las mujeres que atendemos en nuestro proyecto. La acogida, los abrazos, las miradas, las caricias… ahora intentábamos hacerlas llegar a través de un teléfono. 

Durante los primeros días de estado de alarma, centramos toda nuestra atención en hacerles llegar las recomendaciones que nos llegaban desde el Estado, traducido en todos los idiomas. La pandemia nos hacía recordar que navegamos todos en la misma barca que, en esta travesía, no existen diferencias ni fronteras, que en el sufrimiento compartido nos hacemos más humanos, más solidarios. La vulnerabilidad de las mujeres que ejercen prostitución, se vio doblemente afectada. De un día para otro, tuvieron que dejar de ejercer y por lo tanto dejaron de obtener algún tipo de ingreso económico. 

De nuevo la pandemia hacía de las suyas y nos obligaba a reinventarnos, atravesamos de un solo salto, desde nuestra lucha por los derechos humanos y feminización de la pobreza al puro asistencialismo de conseguir ayuda de alimentos y necesidades básicas. Y fue así, en este nuevo escenario que me presentaba la vida, donde el miedo que me paralizaba los primeros días paso a convertirse en un amor que arriesga. La Esperanza me liberó del miedo.

De nuevo vi brotar esa humanidad profunda, que nos había arrebatado esa vieja vida loca y sin freno en la que nos habíamos sumergido. Mi equipo al completo, apoyado y cuidado por la Comunidad de Hermanas Oblatas de Murcia, decidimos salir en busca de aquellas mujeres que no podíamos localizar y no sabíamos nada de ellas. Prevenidas con Equipos de Protección y con el corazón por delante, no dirigimos cada día hacia los nuevos cruces de caminos que han ido surgiendo en esta crisis y donde nos esperan las mujeres que ejercen prostitución.

La experiencia vivida durante este tiempo, me ha hecho redescubrir de nuevo mi vocación como misionera que solo se sabe en camino… me ha ayudado a desprenderme de lo que me había alejado de lo profundo, lo auténtico, lo verdadero… Me ha vuelto a recordar que no me puedo evadir de la pertenencia a lo común, porque nadie se salva solo…

Y, sobre todo, nos deja al descubierto que ahora nos toca preparar el mañana de TODOS”, porque sin una visión y compromiso de hermandad, nadie tendremos futuro.

Ángela López Vega