Ana Belén Varga: “El laicado está llamado a ser protagonista en una iglesia sinodal y misionera que no olvide a los débiles ni deje a nadie atrás»

Ana Belén Varga: “El laicado está llamado a ser protagonista en una iglesia sinodal y misionera que no olvide a los débiles ni deje a nadie atrás»

Ana Belén, Belén para los amigos, es Misevi en Burgos. Trabaja como enfermera en quirófano y también estudió Psicología.  Mujer soltera, luchadora y buscadora. La música es una herencia familiar y aunque sea en su cabeza no se imagina un día sin ella. Canta y toca la guitarra en un grupo de folclore de Burgos. Cuando le queda algo de tiempo libre disfruta leyendo, paseando por el monte o encontrándose con amigos…

Para empezar esta entrevista nos gustaría que nos compartieras sobre tu realidad laboral, familiar, social… ¿cómo vives tu ser Misevi en esos ámbitos de tu vida ?

Soy enfermera por opción y por vocación. Lo elegí para ayudar a aliviar el sufrimiento en la medida que supiera y pudiera. Mi trayectoria laboral, y en especial  este tiempo de pandemia, me han servido para constatar que el sufrimiento no solo es físico y para darme cuenta de la necesidad de humanizar el entorno en el que paso una gran parte de mi tiempo diario. Además tengo unas compañeras excelentes que me ayudan a recordarlo cada día.

Otro de los ámbitos misioneros de mi vida es el ser voluntaria en la cárcel,  llevo más de 25 años intentando recordar a la sociedad y a la Iglesia que en la cárcel hay gente sufriendo sola, buscando reinsertarse en una sociedad que hace mucho que los dejó allí olvidados. En este tiempo mi labor ha sido escuchar, ser paño de lágrimas, animar y acompañar procesos que faciliten su vuelta a esta sociedad que nunca debió abandonarlos. Y recordarles que en esos dolores no están solos, porque Dios les está acompañando y dando fuerzas para ello. Eso es lo que tratamos de celebrar juntos cada domingo en la Eucaristía.

La tercera de las realidades es la misión. Tuve la oportunidad de vivir la experiencia de misión durante tres veranos en Perú. Hoy sigo agradecida de lo que allí encontré, compartí y viví. Pero lo que transformó del todo mi visón fue la vuelta. Creo que aquí empecé a entender que ser misionera es una forma de ser y estar en nuestro mundo. La experiencia compartida con Nina, de todo su tiempo en misión también me ayudó y entré en contacto con MISEVI. 

El hecho de pertenecer a MISEVI aporta a la forma de leer e interpretar las distintas realidades que vivo en el día a día y contribuye a darles hondura. Me ayuda a mirar el mundo con y desde los empobrecidos y desde ahí tratar de poner en marcha procesos personales y sociales de cambio que faciliten su promoción y el respeto por su dignidad como seres humanos. Sabiendo además que están animados por el Espíritu que nos invita a trabajar en redes a cuantos nos sentimos provocados por esta inquietud, seamos o no creyentes

Cuentas con una gran experiencia en pastoral penitenciaria, años de presencia pastoral con los privados de libertad. ¿Qué aporta esta experiencia a tu dimensión misionera? ¿qué aporta la Iglesia al mundo penitenciario hoy en día? 

La misión es una, estés donde estés y tiene que ver con hacer presente el Reino de Dios, allá donde eres  llamada a vivirlo. Todo esto lo concreto entre otras cosas en mi trabajo en la cárcel: es mi misión aquí y ahora. En los talleres, las celebraciones y sobre todo en los encuentros personales con los internos, tratamos de reflejar la misericordia de Dios, intentando mirarles como Dios los mira sin juicios ni condenas y transmitirlo en forma de gestos de ternura o cercanía, bastante escasos en esos ambientes. Acompañar los esfuerzos por reconstruir sus vidas, sus relaciones, y  que vean que creemos en ellos, en sus posibilidades y en sus sueños. Como Iglesia, esto es algo que  podemos aportar y compartir: que el Dios que vamos descubriendo es un Dios que perdona y siempre está dispuesto a apostar por ellos y  darles otra oportunidad para que sean felices. Y además tenemos que ser capaces de trasladar a la sociedad, y sobre todo a la Iglesia,  la pregunta de ¿dónde está tu hermano? sin dejar de denunciar que las cárceles son espacios de olvido y castigo,  más que de rehabilitación o inicio de procesos reconstructivos de las personas que allí viven.

Pastoralmente, ¿crees que tiene sentido el sistema penitenciario actual,  un sistema que aísla, reprime, castiga? La justicia restaurativa podría ser un alternativa, cuéntanos qué es  ¿Por qué crees que no avanzamos en la línea de la justicia restaurativa? 

La verdad es que no tiene demasiado sentido y sí muchos agujeros. Los resultados son bastante pobres para los esfuerzos, sobre todo económicos que se invierten. Si la idea es reinsertar a alguien que ha cometido un delito y prepararlo para que vuelva a la sociedad, no se puede hacer desde lejos y en la distancia y cuando cumpla la pena dejarlo en la puerta como si no hubiera pasado nada. Es como intentar aprender a nadar sin haber estado nunca dentro del agua. No vale solo con que se pase el tiempo en prisión. Hay que usarlo para iniciar procesos de cambio, sabiendo que la prisión marca y deja su huella, incluso tiempo después de haber salido y se necesita ayuda para volver a normalizar la vida en sociedad.

 Pero además nuestro sistema es punitivo y aísla al que comete el delito, pero no tiene demasiado en cuenta a las víctimas.  Esto es lo que trata de corregir la justicia restaurativa, poniendo el foco de atención en las necesidades de las víctimas, normalmente ignoradas en los procesos tradicionales. Está basada en la idea de justicia que considera el delito como una ofensa al individuo o a la comunidad, más que al Estado o sus normas y pretende la resolución del daño a través del diálogo, intentando que el ofensor asuma la responsabilidad e intente reparar el daño, bien pidiendo disculpas, con algún servicio a la comunidad o lo que la víctima pueda necesitar para sentirse reparada. Así la persona que ha cometido el delito  es sabedor y conocedor del daño causado, que en la mayoría de los casos no conoce y por lo tanto no es consciente del daño provocado. Y la víctima conoce la realidad del victimario, sus problemas y lo que le ha podido llevar a delinquir. Esto es todo un proceso que lleva su tiempo, pero que resulta mucho más eficaz para enmendar errores, sanar heridas y cerrar fracturas sociales, que difícilmente se conseguiría sin estos momentos de encuentro. Como Pastoral Penitenciaria es nuestra apuesta, desde hace bastantes años, para contribuir a la humanización de la justicia. Sin embargo se continúa impulsando el endurecimiento de las penas, sin tener en cuenta las consecuencias que provoca.

Has participado durante varios años en la ya desparecida Coordinadora de Asociaciones Laicas Misioneras. ¿Qué crees que pierde la Iglesia y el laicado con esta disolución? ¿ Por qué no ha sido posible la continuidad de esta estructura?

La CALM estaba pensada como espacio de encuentro de las Asociaciones Laicas en Misión, para facilitar el conocimiento y la coordinación entre nosotras y además tener un espacio de representación en la iglesia, en el ámbito concreto de la misión. Surgió inicialmente como un espacio para promover la vocación laical misionera, con sus particularidades, intentando dar cauces para su desarrollo. Actualmente era el lugar de encuentro de estas asociaciones donde compartíamos las inquietudes, esfuerzos, problemáticas y logros de nuestra realidad como laicos en la misión, intentando dar respuestas conjuntas a los problemas que se nos presentaban por el hecho de ser laicos y que son diferentes a los de religiosas y religiosos o sacerdotes con los que compartimos la llamada a la misión (retornos, acogida  y adaptación a la vuelta, búsqueda de trabajo…)

Hemos perdido la representatividad que teníamos en los distintos órganos misionales oficiales, pero hemos perdido también y sobre todo, un espacio donde poder avanzar y soñar juntos en la tarea que tenemos como laicos y laicas. Creo que era un buen espacio y desde MISEVI habíamos apostado por la continuidad ofreciendo personas dispuestas a sacar adelante el proyecto, pero los ritmos de las asociaciones, la edad avanzada de los miembros en muchas de ellas, la imposibilidad de comprometerse en nuevos proyectos… hicieron que optáramos por la no continuidad. Eso no significa, ni mucho menos, que no podamos encontrarnos y seguir compartiendo caminares, pero sin tanto peso de estructuras o reuniones. De hecho vamos a tener un encuentro de oración ahora en Navidad. Ojalá podamos seguir compartiendo y soñando juntas. 

No podemos terminar sin hablar de participación social. Sabemos que tienes una rica experiencia en plataformas ciudadanas en tu ciudad. ¿Por qué te has comprometido en esta línea? ¿Qué sentido tiene para ti esta presencia?  Cuéntanos algunos desafíos que te parezcan significativos y que puedan tener alternativas desde esta presencia 

Pertenezco al Departamento de Formación Sociopolítica de la Diócesis de Burgos, en representación de Pastoral Penitenciaria. Esto te da una idea de los campos específicos de la acción y el compromiso social, desde dentro de la Iglesia diocesana. Creo que es importante la implicación y participación social de los cristianos en todas las estructuras que trabajan en denunciar realidades injustas y promover los cambios sociales necesarios que promuevan la paz, la justicia y la fraternidad.  Conocer la realidad de la cárcel me ha hecho ver muchas otras problemáticas relacionadas (migraciones, personas sin hogar, dependencias, salud mental, trata de personas…) No son realidades inconexas. Yo no puedo dar respuesta a todas ellas. Po eso creo que hay que trabajar en red, porque ningún ser humano vive solo y las debilidades de unos nos afectan a todos, pero también las potencialidades y las capacidades se pueden sumar para colaborar en construir el mundo que queremos. Ahí es donde me siento llamada a ser y estar, transformando todo lo que se aleja del mundo fraterno que Dios tiene soñado. Y sé que muchas veces no soy coherente, o entrego solamente trocitos de mí y me quedo a medias o me puede el miedo y decido no complicarme más. Lo que más sentido tiene de todo cuanto hago, incluido mi trabajo, es la cercanía y el encuentro con las personas. Y conseguir prestar atención  a escuchar el dolor de otros, animar y alentar en la lucha por un mundo diferente, es lo mejor que podemos ofrecer. Al fin y al cabo no se diferencia mucho de lo que Jesús iba haciendo por los caminos: curar, acoger, devolver dignidades arrebatadas, perdonar y provocar el compromiso de contar lo visto y oído porque el Reino anda cerca. Y ahí andamos…